
Hector Alterio (El Profesor)
Pepe Soriano (Dante)
Federico Luppi (Pepe)
Gastón Pauls (Jimmy)
El proyecto original se llamó "Una locomotora para Hollywood" o "La 33" (distintivo de la locomotora), luego "Los durmientes", posteriormente tuvo el nombre de "El último tren", y finalmente el nombre con el que llegó a la pantalla de estreno. La película es en toda su extensión una metáfora acerca de la defensa del patrimonio nacional ante los embates del capital internacional representado por un empresario joven (Pauls), que invierte en la reconstrucción de una vieja locomotora del año 1912 con la intención de venderla a un productor de cine norteamericano.
Enterados de esto último, un grupo de viejos soñadores compuesto por un ferroviario vasco y mitómano (Luppi), un profesor jubilado y enfermo (Alterio) y un viejo burócrata desmemoriado que todo debe anotar en su agenda (Soriano), integrantes ellos de la Sociedad de Amigos del Riel, deciden sin más, secuestrar la locomotora en cuestión, siendo acompañados en la aventura por un niño de once años (Balaram Dinard), con la intención de denunciar públicamente la maniobra y poner a salvo la locomotora, huyendo por las abandonadas vías hacia la frontera con Brasil.
A nivel narrativo, los primeros minutos de la película se presentan algo confusos, toda la secuencia de la asamblea donde se decide el secuestro de la locomotora resulta por demás acartonada y excesivamente teatral, además los datos que definen a cada uno de los personajes son aportados en forma algo redundante. Luego, desde el momento en que la locomotora es robada, rotura de portón incluida, e inspirada visualmente en memorable película de Andrei Konchalovski ("Runaway Train"), el rumbo de éste, el segundo largometraje de Arsuaga, da un vuelco de 180 grados y mejora notablemente.
La acción, concentrada casi exclusivamente en los cuatro protagonistas a bordo de la locomotora, y una unidad espacial muy bien manejada, determinan una narración fluida, entretenida, de a ratos entrañable, y con acertados momentos de humor: algún discurso reivindicativo expuesto ante dos solitarios y asombrados pobladores de un pueblo perdido del interior del país, o las reiteradas desinteligencias de una policía que se dispone a la persecusión contando apenas con ineptitud y una cuota de corrupción. Tópicos todos ellos recurrente y atribuibles al género de las llamadas "road movies", aunque en este caso debería hablarse más propiamente de una "rail movie".
El terceto de protagonistas argentinos integrado por Luppi, Alterio y Soriano (imposición del régimen de coproducción o bien explícita estrategia de posicionamiento en los mercados argentino y español) no había compartido roles desde La Patagonia Rebelde, y constituye uno de los puntales (conjuntamente con la excelente fotografía del antes mencionado Hans Burman) sobre el cual descansa buena parte de la suerte de esta producción de costo superior al millón y medio de dólares. La ductilidad con que encarnan sus respectivos personajes los hace creíbles, más allá de ingenuidades varias en muchas de las situaciones planteadas y en el latente peligro de editorialismo cuasi demagógico, manifiesto cuando uno de los raptores grita a viva voz: "esta joya de la abuela no se vende..." El rendimiento del elenco de apoyo -esencialmente nacional- es parejo y sin notas discordantes.
Afortunadamente para los numerosos espectadores que siguen apoyando iniciativas de factura local, el final, que recuerda mucho el de Telma & Louise, pero mucho más inteligente, se resuelve con una abundante dosis de sentido común, abandonando la peligrosa idea (propia del maniqueísmo habitual en el cine industrial) de que "el cambio" en estos tiempos globalizados puede venir por el lado del accionar voluntarista de unos pocos locos sueltos, y se insiste en la participación solidaria a través de los habitantes de un pueblo que deciden espontáneamente ocupar las vías férreas. También aporta a la valorización positiva de esta propuesta la cuota de humor adicional presente en los carteles finales incluidos a modo de epílogo.
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